La serie propone una disección de la mirada durante el trayecto laboral, donde la arquitectura confinada del ómnibus se convierte en un escenario de repetición infinita. Es una coreografía cotidiana donde el tiempo se fragmenta y se comparten los mismos dolores, el mismo cansancio y las mismas caras día tras día.
Al igual que un algoritmo recursivo, cada viaje en la ciudad de Montevideo se ejecuta bajo la misma instrucción, transformando el paisaje urbano en una textura familiar y monótona con sabor a metal. En este bucle, el trayecto deja de ser un desplazamiento entre dos puntos para transformarse en una búsqueda fenomenológica: encontrar humanidad en el automatismo del transporte público post trabajo.
La serie propone una disección de la mirada durante el trayecto laboral, donde la arquitectura confinada del ómnibus se convierte en un escenario de repetición infinita. Es una coreografía cotidiana donde el tiempo se fragmenta y se comparten los mismos dolores, el mismo cansancio y las mismas caras día tras día.
Al igual que un algoritmo recursivo, cada viaje en la ciudad de Montevideo se ejecuta bajo la misma instrucción, transformando el paisaje urbano en una textura familiar y monótona con sabor a metal. En este bucle, el trayecto deja de ser un desplazamiento entre dos puntos para transformarse en una búsqueda fenomenológica: encontrar humanidad en el automatismo del transporte público post trabajo.
El proyecto surge de un procedimiento de deconstrucción sobre una única imagen original (Portada). Mediante el reencuadre y el desplazamiento, la obra explora el concepto de différance de Derrida: esa diferencia silenciosa que existe incluso en lo que parece idéntico. Aunque la rutina se repita, cada fragmento de la mirada —el reflejo en el retrovisor, la luz sobre el parabrisas, la mirada del conductor— revela que el sentido nunca está totalmente presente, sino que se posterga y se diferencia en cada nueva iteración. Esta operación de fragmentación del espacio arquitectónico del vehículo dialoga tangencialmente con procesos de ruptura formal propios del deconstructivismo, donde el "todo" se descompone para hacer visibles las tensiones internas y las huellas de lo cotidiano.
El proyecto surge de un procedimiento de deconstrucción sobre una única imagen original (Portada). Mediante el reencuadre y el desplazamiento, la obra explora el concepto de différance de Derrida: esa diferencia silenciosa que existe incluso en lo que parece idéntico. Aunque la rutina se repita, cada fragmento de la mirada —el reflejo en el retrovisor, la luz sobre el parabrisas, la mirada del conductor— revela que el sentido nunca está totalmente presente, sino que se posterga y se diferencia en cada nueva iteración. Esta operación de fragmentación del espacio arquitectónico del vehículo dialoga tangencialmente con procesos de ruptura formal propios del deconstructivismo, donde el "todo" se descompone para hacer visibles las tensiones internas y las huellas de lo cotidiano.